GABY VERA

Contemplating the Sublime
Solenne Fabre

7 de mayo al 25 de junio de 2026

Con el paso del tiempo, la práctica de Solenne Fabre se ha ido afirmando como una investigación pictórica sobre aquello que, en la naturaleza, excede la mirada sin necesariamente imponerse a ella. Sus obras no buscan representar el paisaje en un sentido descriptivo, ni traducir de forma literal la experiencia de un territorio específico. Más bien, parten de la memoria física de lo natural y sus densidades, capas, movimientos, silencios y transformaciones para construir un lenguaje abstracto en el que la pintura se comporta como un organismo.

En Contemplating the Sublime, Fabre profundiza en una pregunta que atraviesa buena parte de su obra: ¿cómo puede la pintura acercarse a la experiencia de lo sublime sin convertirla en espectáculo? Tradicionalmente asociado a la grandeza, al vértigo, a la desmesura o a aquello que desborda nuestra capacidad de comprensión, lo sublime ha ocupado un lugar fundamental en la historia del arte, desde los paisajes románticos hasta ciertas formas de Abstracción Moderna. Sin embargo, en la obra de Solenne Fabre, no aparece como una escena grandiosa ni como una imagen monumental de la naturaleza. Surge, más bien, desde una intimidad material: en la vibración de un pigmento, en la resistencia de una capa de pintura, en la tensión entre una zona de calma y otra de intensidad, en el modo en que una superficie parece contener algo que todavía se está moviendo.

Esa relación entre quietud y movimiento es central en su pintura. Fabre ha señalado que busca que en sus obras exista algo “pacífico y estable” y, al mismo tiempo, la sensación de que las cosas están en transformación. Esta aparente contradicción es, en realidad, uno de los núcleos más potentes de su práctica. Sus pinturas se sostienen en un equilibrio frágil: nunca son enteramente serenas, pero tampoco se entregan al caos; nunca son puramente atmosféricas, pero tampoco se reducen a una composición limitada. En ellas, la materia pictórica parece respirar, contraerse, expandirse, abrirse y cerrarse, como si cada obra registrara no un instante detenido, sino una duración.

El proceso de Fabre es orgánico y profundamente intuitivo. Las obras nacen de una relación progresiva con el lienzo, en la que la artista responde a lo que la propia pintura le devuelve. Cada obra se construye como una historia con inicio, desarrollo y final. Una zona puede comenzar como una intuición cromática y convertirse después en una acumulación densa; una superficie puede parecer resuelta y, sin embargo, exigir una interrupción, un vacío, una nueva capa. La pintura avanza así mediante decisiones sucesivas, pero también mediante errores, dudas y desplazamientos. Fabre entiende el lienzo como un terreno de exploración donde intentar, fallar y recomenzar forma parte esencial del trabajo.

En ese sentido, sus obras no esconden el proceso: lo revelan al espectador. Las distintas densidades de la pincelada, el uso frecuente del impasto, los contrastes entre áreas más sutiles y otras más complejas, la presencia de pigmentos puros en polvo y la atención a las texturas convierten cada pintura en una superficie activa. No estamos ante imágenes que puedan ser consumidas de manera inmediata, sino ante cuerpos pictóricos que reclaman una mirada lenta. La obra de Fabre exige presencia porque su experiencia depende de la proximidad, de los cambios de luz, de la escala, de la manera en que el ojo descubre capas que no se revelan de una sola vez.

La biografía de la artista ofrece una clave importante. Nacida y criada en los Alpes franceses antes de trasladarse a París para estudiar, Fabre mantiene una relación profunda con las formas de la montaña, la mineralidad, los procesos geológicos y la percepción física del paisaje. Sus pinturas son la consecuencia de haber aprendido a mirar el mundo natural como una estructura viva y cambiante.

El color ocupa un lugar decisivo en esta búsqueda. Fabre lo utiliza como recurso visual para potenciar la experiencia física y emocional. Sus paletas pueden sugerir lo acuático, lo rocoso, lo volcánico, lo celeste o lo subterráneo y el color actúa como una forma de clima interior de la artista. La pintura logra que la percepción oscile entre lo exterior y lo íntimo: miramos algo que parece venir del mundo natural, pero lo que termina activándose es una experiencia interior, casi meditativa.

La tercera exhibición de Solenne Fabre en Madrid confirma la consistencia de una relación que se ha ido consolidando con fuerza. Tras Memory Map en El Castillete y Mineral Waves en GABY VERA, Contemplating the Sublime permite observar una evolución clara en su lenguaje y alcanza una dimensión más ambiciosa: la naturaleza no aparece solamente como referencia, sino como modelo de pensamiento, como método y como pregunta.

En Contemplating the Sublime, la montaña o sus fragmentos aparecen como una experiencia de escala, de ascenso y de transformación. De la observación profunda de la artista surgen pinturas que conservan algo de la intensidad física del paisaje, pero también de su resonancia emocional. Realidad, memoria y abstracción participan simultáneamente en la construcción de cada obra, como capas de una misma experiencia que la artista organiza desde una negociación constante entre intuición y control.

El cierre de la exposición deja ver una práctica cada vez más consciente de sus propios silencios. Se puede sentir en las obras una sensación de vida contenida, de algo que sigue formándose ante la mirada. Fabre lleva la pintura hacia un lugar donde el paisaje exterior se convierte en paisaje interior, donde la materia conserva memoria y donde la contemplación no supone distancia, sino una forma más atenta de presencia. En esa relación entre cuerpo, pigmento, superficie y recuerdo, Contemplating the Sublime encuentra su verdadera fuerza: la de una pintura que no busca resolver lo sublime, sino permanecer cerca de su misterio.

Exhibición
Obra